Sueño con la primera cereza del verano. Se la
doy y ella se la lleva a la boca, me mira con ojos cálidos,
de pecado, mientras hace suya la carne. De repente,
me besa y me la devuelve con la boca. Y yo que
voy tocado para siempre, el hueso de la cereza todo el
día rodando en el teclado de los dientes como una
nota musical silvestre.
(¿Qué me quieres amor?)

